Etica Ambiental
Principal Arriba Presentación Transversalidad Etica Ambiental Preguntas y Actividades

 

ETICA AMBIENTAL[1]

Álvaro González Gervasio

 

1. Introducción y contenido.

 

Se asiste en diversos ámbitos a un retorno a la filosofía como herramienta para resolver problemas prácticos y, en el marco de ella, a la ética como una reflexión necesaria sobre nuestro ser y nuestro hacer en el mundo. La ética ambiental es uno de los temas que figura en todo programa de Educación Ambiental.

 

Este documento presenta algunos conceptos sobre el tema, guiándose por tres ideas fundamentales. Una es que la ética ambiental es una rama de la ética, como estudio de la filosofía, por lo que considerarla un  “cómo-portarse-bien-con-el-ambiente”  sería caer en una simplificación que, entre otras cosas, es inconducente a la hora de plantearnos cómo actuar –especialmente nosotros los educadores- en medio de la crisis ambiental en que vivimos.  La otra es que un estudio de postgrado, especialmente en un área tan controversial como la ambiental, requiere que se presente y discuta la mayor diversidad de  planteos existentes. Conocer lo que otros piensan –además de ser más entretenido que escuchar el discurso monocorde de los que piensan como yo- me ayuda, entre otras cosas, a enriquecerme con puntos de vista que desconocía e, incluso, a encontrar puntos por donde combatirlos mejor. La tercera, que se trata más bien una pauta metodológica, es que, tratándose de un tema nuevo, opté primero por conseguir insumos y luego hacer conversar a diferentes autores, pasándolos por el filtro de mis propias opiniones, procurando generar alguna idea novedosa y, en lo posible, polémica. Sin dejar de lado el corazón (sería imposible para quienes somos ambientalistas) procuré lo más posible que esto no se transforme en un manifiesto o una declaración.

 

El desarrollo del tema lo presento en siete items. En el primero (item 2) me refiero a que se entiende por ética. En el segundo (item 3) menciono de qué forma se llega a la configuración de la ética ambiental, como un campo nuevo, por  el que se amplían los alcances de la ética a la relación de los seres humanos con otros seres e incluso con el mundo inorgánico.  Las posiciones más relevantes acerca de la ética ambiental, en cuanto a su origen, fundamentos y planteos, son presentadas en el item 4. En las dos secciones siguiente me detengo en el pensamiento de dos autores –Hans Jonas y Murray Bookchin- con quienes tengo una afinidad primaria en el tema. En el item 7 reflexiono acerca del lugar de la ética en mi actividad, haciendo una retrospectiva de la misma y una aproximación al presente, invitando a la vez a que cada estudiante del curso de Educación Ambiental de CLADEAD realice lo propio.

 

2. ¿Qué es la ética?

 

A partir de su raíz (“ethos”,significa “costumbre”), la ética ha sido definida como la teoría o la ciencia del comportamiento moral de los seres humanos en sociedad. Así como otras palabras de origen griego que terminan en el mismo subfijo –tales como política, técnica- la ética hace referencia a una actividad práctica, de modo que es un saber de la praxis. Además de esta naturaleza antropológica, la ética contempla una naturaleza ontológica, dado que se ocupa del posicionamiento del individuo en la vida, lo que implica reflexión, apreciación de valores y elección. La ética se liga entonces al concepto de libertad relativa, de modo que tanto el determinismo de los factores externos como la libertad absoluta e incondicional la niegan.

 

Ética y moral son a veces tratadas como sinónimos. Sin embargo, y a pesar de la proximidad entre ambas, conviene precisar que no son lo mismo. Mientras la ética tiene un fuerte componente de reflexión construida y reconstruida constantemente por el ser humano, a partir de la cual éste se va armando una comprensión del mundo y se expresa en él, la moral alude a normas que la sociedad impone desde el exterior al individuo. Es por ello que moral se asocia normalmente a religión, aunque tampoco son sinónimos. De hecho históricamente los primeros principios morales y éticos aparecen con las religiones.

 

Tradicionalmente la ética ha aparecido en su carácter deontológico, referida a un conjunto de preceptos atinentes al campo del espíritu. En los últimos tiempos, los avances del conocimiento sobre la evolución y la etología han llevado a plantear que los seres humanos, al igual que otros seres vivos, tienen disposiciones sociales naturales.

 

3. ¿Por qué una ética ambiental?

                 

En la década de 1960 comienzan a ser denunciados en el occidente industrializado los primeros síntomas de la crisis ambiental contemporánea, cuyos orígenes se atribuyen al modo de relación establecido por la sociedad industrial con el mundo natural. En EE.UU. “La primavera silenciosa” de Raquel Carson, de 1968,  es generalmente mencionada como una obra pionera en este sentido, si bien ya en 1962,  el libro menos conocido “Nuestro ambiente sintético”, de Murray Bookchin, analizaba esta situación. El ascenso de los partidos verdes en Alemania y Francia, a partir de principios de los ‘70 denota la misma preocupación. En América Latina, en cambio, la crisis ambiental se asocia al modelo de desarrollo vigente, que acentúa la dependencia política y económica y la pobreza, a la vez que se buscan alternativas en la forma armoniosa en que culturas nativas se relacionan con el medio. En suma, surge un ámbito completamente nuevo de exigencia de juicio y responsabilidad: no basta con la ética tradicional –vale decir, con respecto a las relaciones interhumanas- sino que se empiezan a descubrir también en relación con la naturaleza no humana deberes, valores, bienes, que respetar. La ética ambiental se ocupa entonces de la relación entre las sociedades humanas y  la naturaleza, y procura el bienestar de ambas.

 

Entre otras, la ética ambiental procura responder a preguntas tales como:  si la naturaleza debe ser materia moral; si existen obligaciones y deberes a los que los hombres deban adecuar sus conductas cuando se relacionan con animales, plantas o los espacios naturales en general; si la ética debe ser un objeto privativo del ser humano o debe también ser atribuida a seres no humanos, en especial los más semejantes a nosotros desde el punto de vista del desarrollo zoológico; si el origen de tales obligaciones debe estar en la naturaleza o en el propio Hombre.

                 

Un aspecto que me parece sobresaliente de la ética ambiental, además de la ampliación –y consecuente complejización- del campo de la ética en cuanto a los sujetos implicados, es que plantea también una ampliación de la dimensiones espacial y temporal. En efecto, el conjunto de la especie humana es responsable de la Tierra entera y esa responsabilidad es hacia el futuro.

 

4. Posiciones respecto de la ética ambiental

 

La toma de conciencia de la crisis ambiental y la consecuente necesidad de superarla es generalizada[2]. No obstante, se han planteado diversas interpretaciones y alternativas frente a la misma, basadas en posturas filosóficas –e incluso religiosas- diferentes, en distinto grado de inclusión de conocimientos científicos –especialmente en los campos de la física, la ecología, la evolución y la antropología - , en las particulares circunstancias de tiempo y lugar en que surgieron, así como, en las historia de vida de los principales representantes de cada una.

 

Una tipología que entiendo abarca esta diversidad de posiciones es la que analizaremos a partir del párrafo siguiente. La misma está basada en Zimmerman (1993), Elliot (1995),  Anguita, Martín y Acosta (1998) y Muñoz Terrón (s.f.e.). Como en toda tipología, se corre el riesgo de caer en una simplificación, por lo que conviene señalar que hay solapamientos entre estas corrientes.

 

La opción que continúa la línea de la ética tradicional es el antropocentrismo. En su versión fuerte, que tiene sus orígenes en el  supuesto socrático de que solamente los asuntos concernientes a los humanos poseen dimensión moral, resulta incompatible con la ética ambiental, dado que subraya la preponderancia del Hombre-sujeto sobre la naturaleza-objeto. Este antropocentrismo fuerte, asociado al predominio de la razón instrumental, ha sido objeto de duras críticas[3].  En cambio, en sus versiones débiles, el antropocentrismo extiende las responsabilidades humanas hacia la conservación del medio. En una de ellas, con base en el concepto de ecosistema, el ser humano es considerado un integrante más de él, por lo que si atenta contra él, atenta contra su propia vida. A su vez, las posturas de algunas corrientes del marxismo y del anarquismo[4] respecto de la problemática ambiental, y su consecuente contenido ético, pueden incluirse dentro del antropocentrismo débil. Lo mismo -y a pesar de las notorias diferencias en otros planos con los dos anteriormente señalados- sucede con los fundamentos ideológicos del Desarrollo Sustentable, si bien en este caso la coherencia interna del discurso es menor.

 

El biocentrismo tiene una concepción de la ética que no sólo considera moralmente relevantes a las personas sino también a los otros seres. Aparece en la década de 1960 con A. Schweitzer y su “ética de respeto a la vida”, que tiene notorias influencias de la religiosidad oriental. Una vertiente es aquella que da preminencia a los animales no humanos. Aquí se plantea la cuestión de a qué animales se otorga esa significación moral, optándose generalmente, como era de esperar, por los animales más próximos al Hombre, teniendo en cuenta su capacidad de demostrar sufrimiento, como es el caso de los mamíferos y, en especial, de los simios, con quienes las similitudes son obvias. Pienso que tanto el budismo, y su concepción de la vida que fluye entre todos los seres, así como la doctrina del “ahinsa” o no daño a los seres sensibles, proveniente de la filosofía hindú y tomada por el jainismo, son fuentes de donee abreva el biocentrismo como postura dentro de la ética ambiental.

 

Las visiones más radicales del biocentrismo parten del valor absoluto de la vida, que puede definirse como un fenómeno por el cual los sistemas tienden a mantenerse en el tiempo, en interacción con otros organismos y con el medio. Las mismas incluyen como moralmente relevantes a los seres vivos de los cinco reinos (plantas, microorganismos, etc.), aunque no necesariamente con igual significación moral. En este caso las preguntas que debe responder la ética ambiental son más complejas: ¿a qué especie otorgar mayor relevancia moral a la hora de decidirse en un programa de conservación?,  ¿a mayor número de especies, mayor es la relevancia?, ¿las razones aducidas en favor de una ética centrada en los animales acerca de una voluntad de persistencia, avalan también una ética centrada en la vida?

 

Por su parte, el geocentrismo, desarrollado por la llamada “ética de la Tierra” de Aldo Leopold y profundizado por el movimiento de la Ecología Profunda, fundado por  por Arne Naess en los ’70, incluye como objeto de relevancia moral al mundo inorgánico, en relación con los seres vivientes. De ese modo, la Tierra toda se incorpora a las preocupaciones de la ética ambiental. Una manifestación bastante difundida de esta postura es la Hipótesis Gaia, de James Lovelock (1987), según la cual la Tierra es un gran organismo viviente. Esta idea tiene un antecedente claro en el concepto de “biósfera” de Vernadsky, formulado en la década de 1920. Las relaciones entre el geocentrismo y el denominado “holismo ecológico” resultan claras. El holismo ecológico considera moralmente relevantes al conjunto de la biosfera y  a los grandes ecosistemas que la componen. Ello expresado en un código de la ciencia biológica, que, en este punto, tiene gran similitud con el lenguaje de los saberes tradicionales de los Primeros Pueblos, en cuyas cosmogonias aparece claramente el respeto –en algunos casos la reverencia e incluso la sujeción- a la Tierra y sus elementos.

 

Para el geocentrismo holista, los animales individuales, incluidos los humanos, no serían moralmente relevantes; sólo importan en tanto contribuyen al mantenimiento del todo al que pertenecen. De ese modo, por ejemplo, no debería resultar preocupante la extinción de una especie determinada, siempre que se mantengan los ecosistemas o la entera biósfera. Está en debate la cuestión de si el holismo ecológico es enteramente diferente a los demás planteos de la ética ambiental, que tratan de seres individuales, o bien similar a ellos, pero que se ocupa de seres muy complejos, el mayor de todos, la Tierra. Otro aspecto polémico de la concepción holista es en qué medida el carácter sagrado atribuido a la naturaleza (en este punto se toca con el biocentrismo) no atendería a una pluralidad de concepciones y valoraciones sobre la naturaleza, que puede tener lugar solamente en una sociedad donde ser respeten las libertades. Esto plantea el interesante tema de una posible contradicción entre la protección del ambiente y la promoción de los derechos humanos y la democracia.  Por último, y tal como veremos más adelante,  el holismo ecológico ha recibido críticas de irracional.

 

En la bibliografía más reciente se menciona el teleologismo como una nueva   corriente dentro de la ética ambiental. “Teleologismo” alude al cumplimiento de una finalidad predeterminada. El planteo de Hans Jonas[5] es ubicado dentro de esta corriente, por buscar en la metafísica una ética que justifique la conservación de la naturaleza. A mi juicio, se incluyen también en esta postura los planteos de la Iglesia Católica, a partir del Catecismo de 1992, que llaman al respeto a la sumisión del Hombre frente a la naturaleza, que es, como él mismo, una creación divina. Pensemos en la controversia puede suscitar este nuevo lugar reservado a quien fue creado “a imagen y semejanza” de Dios. Por otra parte, la lectura más corriente del Génesis ubica al pensamiento cristiano en general, como promotor del antropocentrismo, al tiempo que la historia de la conquista de América –tanto latina como anglosajona- que tuvo al catolicismo y al protestantismo respectivamente como uno de sus sustentos ideológicos, da cuenta del arrasamiento de culturas de los Primeros Pueblos, consideradas ambientalmente sustentables, para usar un lenguaje actual.

 

Una vez presentadas las corrientes principales, quiero mencionar un punto, que me parece relevante desde el punto de vista metodológico para entender mejor la evolución de la ética ambiental: la forma en que se ha ido ampliando la esfera de las entidades comprendidas por ésta. Ello ha sido en base a la consideración de nuevos rasgos moralmente relevantes que la ética más restrictiva ignoraba.  Así se fueron tomando en cuenta propiedades tales como el ser un objeto natural –vale decir no producto de la tecnología humana-, el mostrar diversidad de partes, el presentar armonía y autorregulación, etc. Esta línea de pensamiento nos llevaría aparentemente al holismo ecológico, lo cual, como señalamos más arriba, plantea interrogantes en el campo de la ética ambiental respecto de nuestro papel y destino como seres humanos.

 

Por último, otro aspecto relevante es que, si bien he puesto énfasis en las discrepancias entre las posiciones señaladas en la ética ambiental, bueno es tener en cuenta que no se trata –o no debería tratarse – de posiciones cristalizadas. Ello conduciría a un debate paralizante, sin conversación (“con-versar”: versar mutuamente un líquido entre dos recipientes), lo que, en la práctica, llevaría a la inacción. De hecho, y en una esfera más amplia, la ética ambiental comparada ha venido señalando las coincidencias entre las visiones ambientales de mitos y creencias de diferentes pueblos, e incluso de éstos con algunos planteos de la ciencia, por ejemplo la concepción holística del mundo con la teoría de sistemas (Rozzi, 2002).

 

5. Una ética ambiental para la era tecnológica: Hans Jonas

 

La ampliación del ecumene y el enorme desarrollo del par ciencia-tecnología (C&T) durante el siglo XX han llevado a una completa alteración de la primera naturaleza por parte del género humano y a la existencia de un poder de transformación, basado en la C&T, como nunca en la historia y cada vez mayor.  A la vista está que los efectos del mismo son acumulativos y, en muchos casos, irreversibles.

 

El filósofo judío alemán Hans Jonas comparte la idea muy difundida en el pensamiento ambientalista, de que –a través de lo que él llama el proyecto baconiano- el Hombre se ha erigido en amo despótico de la naturaleza y ésta ha comenzado a resentirse del devastador poder de la técnica. Pero, a diferencia de otras posturas, no denosta el desarrollo tecnológico de por si, sino que plantea que es imprescindible establecer una ecuación entre esas nuevas posibilidades de acción y las nuevas dimensiones de responsabilidad que las mismas conllevan. Sopesar lo que se puede hacer con lo que se debe hacer.  Para lidiar con el riesgo que -para la naturaleza y para el propio ser humano-  ha traído consigo la tecnología moderna, Jonas dice que el objetivo de la ética ambiental ha de ser el de reencontrar la idea de límite y de moderación, ya planteada por Aristóteles, acompañada de un reverenciar y temer la naturaleza. Este autodomio del ser humano sobre su propia compulsión al desarrollo tecnológico, que está llevando a la Humanidad y a la Tierra a la destrucción, es una nueva forma de poder. Conquistarlo no depende de esfuerzos personales, sino de la creación de una conciencia colectiva a nivel planetario, basada en las referidas nociones de responsabilidad y temor.

 

Hemos dicho que la ética ambiental de Jonas es teleológica. En efecto, parte de la pregunta metafísica de si la existencia del mundo es en sí valiosa, y el criterio que utiliza para responderla es el de finalidad. La conducta humana conciente, que está presente en el mundo, es un caso de finalidad, de donde puede deducirse que éste es valioso.  El principio de acción que de allí se desprende es que todo lo que hagamos en el mundo debe estar dirigido a la permanencia del Hombre en la Tierra, lo que es decir también de la naturaleza, con la cual estamos solidariamente unidos.

 

¿Por qué me he interesado en este planteo? En primer término porque me recordó un viejo debate al interior de la Geografía -campo en el que trabajo- como es el del determinismo vs. posibilismo. El mismo se originó a fines del siglo XIX y continuó durante la primera mitad del siglo pasado, a partir de la controversia sobre si las condiciones ambientales condicionan a los grupos humano, o si, por el contrario, estos disponen de crecientes grados de libertad, incrementados por el desarrollo tecnológico, en relación con el ambiente. Este debate, que es propio de la modernidad y su búsqueda de liberar al ser humano de las condicionantes externas, no tiene ya sentido hoy en día. Sin embargo, ese abstenerse que plantea Jonas me resulta un nuevo ejercicio de posibilismo, ya no en la dirección de desarrollar tecnologías que nos permitan enfrentarnos a las limitantes del medio natural y vencerlas, sino en el sentido de que, concientes de nuestra responsabilidad, seríamos capaces de no ir más allá, aunque podamos.

 

Finalmente, otro punto que me interesó y, en este caso, que comparto de la propuesta de Jonas es que apela al ejercicio de la razón, a partir de la cual se genera esa responsabilidad nuestra hoy, que alcanza a todo el Planeta y a las generaciones futuras. Razón entendida como capacidad humana de comprender el mundo y concebir alternativas a partir de un conocimiento de la realidad que, en las presentes condiciones, es acuciante. Un poco más adelante, hago referencia a la manera –a mi juicio bastante análoga- con la que Bookchin y Leff tratan la cuestión del uso de la razón en este tema.

Como aspecto controversial queda la cuestión no menor, desde el punto de vista de la acción, de cómo instrumentar ese ejercicio de la limitación. Todos sabemos que en el mundo actual hay responsables directos de la crisis ambiental global. Esos agentes no son ni siquiera individuos, sino grandes y poderosas organizaciones, con intereses y razonamientos que, al contrario de lo que plantea Jonas, van dirigidos cada vez más al ejercicio del poder para la destrucción, con una tecnología que lo acompaña. Pensemos, por ejemplo, en las grandes corporaciones de negocios, en la industria de la guerra y en las mafias de escala mundial. Aquí se replantea, a mi entender, el tema de la democracia. Pienso que, si contara con ámbitos adecuados de discusión y toma de decisiones, la enorme mayoría de los seres humanos optaríamos por el camino propuesto por Jonas o por otro similar, en la línea de la conservación de nuestra especie y de la naturaleza. En la práctica, estamos lejos de una organización política global que contemple esta posibilidad. El mundo de la globalización está regido por los estados (en realidad, a partir del 11 de Setiembre,  por un único y poderoso estado) a nivel internacional y por los conglomerados empresariales a nivel transnacional (que en el caso de dicho estado, son además los dueños de la política). Por ahora, solo algunas voces dentro del movimiento antiglobalización apuntan en ese sentido, aunque de manera desarticulada.[6]

 

6. La dialéctica como fundamento de la ética ambiental: Murray Bookchin

 

En el marco de su planteo de una Ecología Social, el pensador estadounidense Murray Bookchin propone el naturalismo dialéctico como alternativa para una nueva concepción de la relación Humanidad-Naturaleza y de una ética ambiental. Partiendo de la dialéctica hegeliana y de la teoría de la evolución, sostiene que el naturalismo dialéctico constituye un marco objetivo para formarse juicio éticos. ¿Cómo razona? Para la dialéctica “ser” es “transformarse”. La ciencia de la evolución muestra que existe una potencialidad y una autodirección en la evolución orgánica, hacia mayores grados de subjetividad, conciencia y autorreflexión. Ello es tan evidente como que un chimpancé posee esas facultades en mayor grado que una ameba. En consecuencia, si una sociedad es buena o mala, moral o inmoral, puede ser objetivamente determinado, considerando en qué grado ha alcanzado su potencialidad para la racionalidad y la moralidad. Hay un responsabilidad de la más conciente de las formas de vida –el Hombre- para promover en forma inteligente la evolución orgánica. Lo que equivale a decir, la dinámica de la vida en la Tierra, que asegurará la permanencia tanto del propio género humano, como de la naturaleza, que es inseparable de él. Cabe agregar que el autor acompaña este planteo ético, con uno político, que es el de la sociedad ecológica, como forma de organización social.

 

Defensor de la tradición filosófica occidental de la dialéctica, que hunde sus raíces en Grecia, así como del Iluminismo y la Ilustración, Bookchin se presenta como un interesante ejemplo de construcción racional de un ética ambiental. No obstante, conviene señalar que él diferencia razón dialéctica, de razón convencional. La primera es la que da cuenta de la naturaleza cambiante de la realidad, en base a la señalada potencialidad de transformación. En cambio, la segunda, que comprende la razón analítica o lógica abstracta aristotélica, y la razón instrumental desarrollada por la tradición pragmática, no es capaz de explicar el cambio. Ésta ha borrado la ética de su discurso y sus preocupaciones, recortando además la realidad sólo a lo que puede ser expresado en términos lógico-matemáticos y, por lo tanto, manipulado. Esto es, la racionalidad restringida del paradigma lógico-mátemático, que ha dominado el pensamiento de la modernidad. Por otra parte, como sabemos, la razón instrumental, asociada a la creciente transformación del mundo natural por parte del ser humano –léase: a través del industrialismo, la biotecnología, la nanotecnología, el capitalismo como sistema - ha sido considerada responsable directa de la crisis ambiental contemporánea.  En este punto, Bookchin coincide con otras –prácticamente todas- las posturas ambientalistas al respecto, incluso con aquellas basadas en el biocentrismo y el geocentrismo, a las cuales critica duramente en otros aspectos. Para terminar este punto, trayendo a colación un autor muy vinculado con nuestro curso, recordemos que Leff (2002) señala que la racionalidad instrumental ha sido impugnada en Occidente, desde Weber hasta Marcuse, y aboga por una racionalidad sustantiva, que reoriente las aplicaciones de la ciencia. Pienso que esta cuestión el pensamiento de ambos pensadores es coincidente.

 

Otro aspecto que me pareció interesante en el planteo de Bookchin es cómo incorpora el conocimiento científico –concretamente el de la ciencia de la evolución- a su propuesta de ética ambiental. Generalmente, el evolucionismo es tomado en su versión vulgar de “sobreviviencia del más apto”, lo que ha servido como sustento a la visión del llamado capitalismo salvaje. En cambio, Bookchin se apoya en los últimos desarrollos del evolucionismo, donde la cooperación tiene preminencia sobre la competencia[7], posibilitándose de esta manera la existencia de formas de vida complejas y hasta de la propia biósfera. El Hombre, por su propia evolución, se ha transformado en el timonel de la evolución del mundo orgánico (podemos decir, de todo el mundo natural transformado) y de ahí justamente nace, como señalamos, su compromiso ético.

 

7. La ética ambiental en mi actividad. Una invitación a la reflexión.

 

Mi interés por la temática ambiental se remonta a mis primeros años de estudiante de Agronomía. Posteriormente tuve oportunidad, ya desde hace unos quince años, de tomar contacto con organizaciones ambientalistas en mi país, y de trabajar en proyectos concretos de evaluación de impacto ambiental. Los estudios posteriores en Geografía y mi ingreso como docente a la Universidad en ese campo, colaboraron a hacer crecer este interés. Digo más: como todos los que terminamos siendo ambientalistas sabemos, no se trata de un mero interés, sino de un modo de vida. Que pasa por cuestiones tan nimias como no tirar papeles en la calle o comprar verdura orgánica en la feria del domingo, hasta otras más importantes, como defender la integridad ambiental de un arroyo contaminado por una curtiembre o protestar frente a la Embajada de Francia cuando las explosiones nucleares en el atolón de Mururoa.  Y además de un modo de vida, una forma de interpretar el mundo. Justamente por eso mi interés en seguirme formando en el tema, de ahí que estoy participando en este curso. A través de este hacer y reflexionar, me fui construyendo una ética en relación con el ambiente y me siento conforme por ello.

 

No obstante, no todas son rosas. En el año 2001 tuve un conflicto laboral con una ONG internacional de protección de los bosques, con sede en Montevideo, para la que trabajaba desde hacía tres años. Allí pude comprobar que también en el campo ambiental se dan cuestiones reñidas con la ética. Por esa circunstancia, y porque he ido ampliando mi horizonte cultural sobre el tema, a partir de entonces me he vuelto muy crítico al discurso grandilocuente de algunos ambientalistas y me centro, más que nada, en sus acciones, especialmente en las cotidianas, en el ámbito de trabajo.  Ahora, a la distancia, siento que la causa por la que me ocupo es mucho más importante que esas rencillas y me veo consolidado en determinados lugares para seguir en esta tarea. Esos lugares son la educación -tanto desde mi cátedra de Geografía en la Facultad de Ciencias, como siendo profesor de formación docente en Ciencias Sociales y coordinador de un grupo de educación ambiental para escolares- y la investigación desde la Universidad y como consultor privado. “Last but not least”, otro tanto en mi actividad como coordinador de los cursos de CLADEAD en el área ambiental.

 

En suma, el objetivo mayor es que todo el proceso despierte en los participantes del curso el interés por el tema de la ética ambiental, les ayude a acercarse a su complejidad, y a tomar conciencia de su importancia para un programa educativo.

 

           

Bibliografía

 

ANGUITA Martínez Pablo de, MARTÍN María Ángeles y ACOSTA Miguel, Los desafíos

de la ética ambiental (http://193.146.228.30/congresoV/ponenciasV/pablo%20mtez.pdf.)

 

BIEHL Janet, Dialectics in the Ethics of Social Ecology, En: ZIMMERMAN M. et al., Environmental Philosophy, Prentice-Hall Inc., Englewood Cliffs, New Jersey, 1993: 374-389.

 

BOOKCHIN Murray, The Philosophy of Social Edology, Black Rose Books, Place du

Parc, Montreal, 1996 (3rd. Edition) (1st. Edition: 1921).

 

ELLIOT Robert, La ética ambiental, En: SINGER Peter, Compendio de ética, Alianza Editorial, Madrid, 1995: 391-404.

 

LEFF Enrique, Saber ambiental, Siglo XXI Editores, México D.F., 2002 (3ra. edición) (1ra.

edición: 1998).

 

MUÑOZ TERRON José María, Reflexiones y propuestas sobre ética y desarrollo técnico-científico como asignatura de filosofía práctica en el nuevo bachillerato (http://aafi.filosofia.net/ALFA/alfa8/alfa8j.htm)

 

ROZZI Ricardo, Ética ambiental: raíces y ramas latinoamericanas (http://www.cep.unt.edu/)

 

SIMONET Dominique, L’ecologisme, Presses Universitarires de France, Paris, 1982,

Collection “Que sais-je?” Nr. 1784.

 

ZIMMERMAN Michael, General introduction, En: ZIMMERMAN M. et al., Environmental Philosophy, Prentice-Hall Inc., Englewood Cliffs, New Jersey, 1993: V-X.

 

 http://www.formosaonline.com.br/geonline/textos/meio_ambiente/direito_ambiental%2005.htm

 


[1] Estas líneas se basan en un trabajo realizado por el autor como actividad del Módulo II del postgrado “Educación en Ambiente para el Desarrollo Sustentable”  ofrecido por CTERA-Escuela Sindical Marina Vilte, Buenos Aires, Argentina, Abril de 2004.

[2] Una excepción es la postura de los cornucopianos,  quienes plantean que no hay una crisis ambiental como tal y que los problemas específicos existentes pueden solucionarse a través de asignación de derechos de propiedad sobre recursos y espacios. El discurso oficial de los EE.UU. en el proceso del Protocolo de Kioto puede ser considerado una muestra de esta postura, que se afilia al pensamiento neoconservador y neoliberal. Su incidencia en la polémica sobre temas ambientales está en  declive y, en cuanto a la ética ambiental, se limitaría a aplicar la ética de los negocios.

[3] Tales críticas, con mayor o menor acierto y precisión, se han dirigido a Occidente, el hombre blanco, el racionalismo, el empirismo,  la Ilustración, la ciencia, el industrialismo, etc.

[4] En el item 6 nos referiremos a la Ecología Social, que tiene una base anarquista.

[5] Ver desarrollo en el item siguiente.

[6] La tradición anarquista (Kropotkin, gobierno de Cataluña durante la República Española) ha genrado teorìa y práctica de organización territorial descentralizada, con democracia directa, si bien por una cuestión de tiempos históricos, no hay una mención explícita a la temática ambiental.

[7] En “El origen de las especies”, de 1859, hay varios ejemplos al respecto. En el mismo sentido van los estudios de Lynn Margulis.

 

 

Consulta a Tutor

Este material multimedia fue realizado por CIAC Digital para el CLADEAD (Centro Latino Americano de Educación a Distancia); e-mail info@cladead.org; internet http://www.cladead.org

 

Educación Ambiental

Ing. Agr. Alvaro González - 2003